María Isabel posa en el local que Momparler tiene en la calle Historiador Martínez Ferrando.
M. B. BLANQUER Érase un caballero valenciano llamado Manuel Momparler Marco de desbordada imaginación, extremado gusto y alma viajera que dio origen a la conocida saga de su apellido que pasaría a su hijo, Manuel Momparler Aliaga, a sus nietos, Juan, Tomás y José Luis y a sus biznietas doña Isabel y Doña Victoria, representantes de la última generación que mantiene y da nueva vida a la empresa. Tal era Manuel en 1870, impulsor de la fábrica que ocupaba una gran manzana en la calle de Jesús con superficie superior a los seis mil metros cuadrados, empleador de doscientos obreros a los que, además, proporcionaba alojamiento. A todos necesitaba para ilustrar en su empresa y hacerlos maestros en el arte de la cerámica decorativa inspirada en el art decó y, aunque esta es la faceta transmitida a la herencia, dejó otra, intelectual, en tanto llegó a patentar más de un centenar de productos, entre ellos el filtro Pasteur de porcelana y amianto que exportó a toda Europa y América, y el hornillo de carbón vegetal convertido en instrumento de cocina en todos los hogares de España. A su fallecimiento, en 1922, la fábrica adquirió el nombre de “Hermanos Momparler” que sostuvieron el negocio cada vez más arraigado en la ciudad de Valencia en que permanece el recuerdo de los últimos, Juan y José Luis al frente de la tienda, y Tomás dirigiendo la fábrica en cuyo cierre concurrieron varias circunstancias, las mas importantes de carácter urbanístico sobrevenidas con motivo de la expansión ciudadana y apertura de nuevos viales que la dejaron fuera de ordenación. Juan y José Luis fueron pioneros en las listas de boda que a partir de los años setenta del pasado siglo erradicaron los cambios y devoluciones de los obsequios nupciales que torturaban a los nuevos matrimonios.
Dos son las tiendas actuales de la firma Momparler; una está en la calle Periodista Azzati número 7 y la otra en Historiador Martínez Ferrando; distintos locales, distinta gerencia, en aquella doña María Victoria y en esta doña María Isabel; e idéntico contenido; por obviedad me ceñiré a una y cuanto de ella diga será extrapolable a la otra.
La tienda de Periodista Azzati esta podría ser, si existieran, una de “todo a mil” y no nos referimos a los precios que ofrecen una gran abanico de posibilidades, sino a la cantidad de cosas inimaginables que se encuentran en ella, laica catedral de la lindeza. Doña Victoria, que nos permite llamarla Toya, respresenta perfectamente la estirpe de los Momparler; es alta, delgada, pelo rubio, facciones delicadas de bibelot, preferentemente un angelillo de mirada traviesa, el porte elegante y modales de niña educada. Llama la atención su forma de mirar porque parece que gran parte de su visión no sale de sí misma, que está prendida en un mundo interior que la atrapa, que impide que la mancille la materialidad.
Y cuanto la rodea está hecho de materialidades dignas de ensoñaciones porque cada uno de los objetos de la tienda suscita el deseo de posesión. Deternerse en los grandes escaparates de Momparler, es asegurarse un tiempo de placer y los ojos se deslizan sin que la mente sea capaz de retener tanto como contienen: si entras en la tienda no podrás salir con las manos vacías porque alrededor se extiende una amplia oferta de todas las cosas que podemos desear, para nosotros mismos, para el próximo cumpleaños de un allegado, para las fiestas de la Navidad: encantadores juegos de café y de té encajados en lindos estuches, gráciles figuritas de porcelana y cristal, muñecos, modelos reducidos de coche o motocicletas, petacas, cajas de todo tamaño y clase, bandejas, búcaros, jardineras de sobremesa, maletas singulares que descubrirás inmediatamente asomen por la cinta de un aeropuerto, juegos de ajedrez, bomboneras de cristal, copas, vasos, juegos de bar en los más finos cristales.
De la barandilla de la escalera que conduce al sótano penden las alfombras de lana y seda; de las paredes cuadros y tapices. Descendemos a las profundidades del subsuelo y encontramos un mobiliario específico, piezas únicas, mesas, sillas y sillones, cómodas, armarios, estanterías… Y recordamos nuestra pared desnuda, el rincón vacío, la necesaria comodidad de una terreza donde tan bien nos vendría esto y aquello. Momparler no pretende amueblar una casa, solo aportar el encanto de sus macizos muebles, en madera desnuda, decorados, lacados en blanco, para llenar la carencia que añorábamos. Las mejores mesas han sostenido sus vajillas; a los más exquisitos ágapes han acompañado sus juegos de café. Sobre veladores de jardín sus juegos de té o desayuno.
Algo de aquella fábrica perdida permanece en la muestra de sus jarrones y tanta porcelana que distribuyen en estanterías que apenas sostener la levedad del peso de sus delicias. Varias cosas llaman la atención por su singularidad; el mueble joyero, una mesa alta, ligera, cuya parte inferior es la armariada para colgar los collares; el tapiz que muestra en medallones alineados distintas razas de perro vestidos con trajes de época. Y sobre todo los manteles y caminos de mesa de tapicería con flecos o pasamanerías diversas dignas de cubrir las de un castillo o palacio.
Hoy día no se “se llevan” esos manteles, esos caminos de mesa; buscamos la funcionalidad por todas partes, incomoda cuanto no pueda limpiarse a vuelta de lavadora; pero es que Toya, al igual que su hermana Maribel, han heredado el sentido de la estética de sus antepasados y sienten que la tienda forma parte de sus hogares y de ellas mismas.
Entrando a la, izquierda, vigila el gran mural que reproduce el edificio de la fábrica, los viejos rótulos, la fotografía de Don Juan que durante tantos años vimos en la puerta, sobe esa silla de ruedas que formaba parte del paisaje exterior del negocio que defendió y rigió magistralmente, que disponía el orden interior con sus inolvidables ojos azules, recogiendo el testigo en la historia laboriosa e imaginativa del pueblo valenciano que padre y abuelo habían abonado aportando los conocimientos de la mentalidad abierta al mundo entero, capaz de asimilar la belleza en sus distintas formas y cualquiera que fuese su origen, sin caer jamás en localismos plañideros que solo provocan autohumillación.
De ellas emana el ansia serena de encontrar la complacencia de sus destinatarios que es clave de su éxito. A veces se rompen piezas, resultan platos, copas, tazas, sueltas; en ningún caso se desechan. Toya es capaz de montar una mesa en que cada comensal tenga un servicio diferente y sus invitados, que ya conocen su graciosa decisión, se preguntarán qué Sevrès, Rosenthental, Wedgwood, Meissen Cartuja o Manises les corresponderá esa noche.
Dos jóvenes y modernas señoras que se han adaptado a los tiempos; sin precipitación, sin incurrir en la imprudencia, tejiendo un puente seguro por el que el mañana seguirá divisando lo mejor del ayer.
Publicado en Levante, el Mercantil Valenciano. 17 diciembre 2011